Banca que come y no deja comer

Saltó la liebre, y vaya si saltó. El Ayuntamiento de Sevilla acaba de reconocer, y por escrito, que la banca está obstruyendo la entrega de viviendas de protección oficial de Emvisesa a sus demandantes, y es la razón principal de que estén vacías, y no será porque no hay inquilinos esperando. Este estorbo, según argumenta el equipo de Juan Ignacio Zoido, aflora por dos vías. La primera atañe al Sareb, el banco malo al que las entidades financieras traspasaron activos inmobiliarios con la finalidad de ocultarlos de sus balances –ladrillo tóxico que no ven, ladrillo tóxico que no consta en sus cuentas, cu cu, tras tras, un ejercicio de ingeniería contable donde los haya e impulsado por nuestro Gobierno–. La segunda, por su parte, nace del proceso de fusiones e integraciones bancarias, obligado y acelerado tras descubrirse cuánta porquería guardaban las cajas de ahorros bajo sus alfombras. Y en uno y otro caso el modus operandi es idéntico: no reconocer ahora las condiciones hipotecarias previas, esto es, las pactadas cuando se planificó la construcción de las casas.

La denuncia que, insisto, parte del Consistorio, es gravísima, y vayan aquí tres razones. Una: es una institución pública, la Corporación Municipal, quien no sólo reconoce la falta de crédito bancario, que es algo admitido hasta por el Ejecutivo de Mariano Rajoy pese a que España tuvo que someterse a un rescate europeo para auxiliar a sus entidades y así evitar la quiebra de no pocas –muchas– de ellas, sino que, para colmo, constata que, lejos de ayudar a quienes, todos, soportamos las consecuencias de semejante capote dinerario de Bruselas, nos martiriza. Dos: es una insolidaridad clamorosa, puesto que no hablamos de pisos de lujo, sino de VPO para trabajadores que llevan años y años aguardando en una lista de espera –y ante actitudes como ésta, cobran incluso más sentido iniciativas públicas como el decreto antidesahucios de la Junta de Andalucía que, visto lo visto, bienvenido sea–. Y tres: se confirman dos hechos: que el Sareb, al menos por el momento, no está sirviendo para comercializar las viviendas de la banca a precios razonables –léase, más bajos que los actuales–, tal y como previó el Gobierno al justificar su gestación, y que esta banca, una vez cobrado el parné comunitario, garantizada su liquidez y con la excusa de la prudencia, pone palos a la rueda de la recuperación económica y parece importarle un bledo el bienestar general.

El Sareb, por tanto, no es un banco malo según la exitosa fórmula de otros países que lograron dar salida comercial a la ingente cantidad de pisos de las entidades financieras, sino un mal banco que, mucho me temo, retendrá su cartera inmobiliaria hasta que mejore el mercado y no genere pérdidas –qué verdad es eso de que la banca siempre gana–. No queda ahí la cosa. Es lógico, sí, que, al cambiar, y mucho, las circunstancias económicas y laborales respecto a los años del boom del ladrillo, los nuevos grupos bancarios quieran modificar los préstamos hipotecarios (no subrogarse) de las cajas o los bancos absorbidos, tal y como han procedido con las condiciones de sus plantillas. Sin embargo, con los tiempos que corren, pretender ahora créditos leoninos y no respetar los previamente acordados es, cuanto menos, inmoral, puesto que niegan a la ciudadanía, en un bien tan básico como la vivienda, las facilidades con las que ellas mismas están cosechando el dinero del BCE y del mercado interbancario –del que se extrae el Euríbor, el indicador de referencia para la suscripción de hipotecas–, por no hablar del interés que captaron especulando con la deuda pública española.

Y es que ni tan siquiera tienen altura de miras ni ven más allá de los números diarios de sus balances. Les pongo un ejemplo: la expansión del barrio de Pino Montano, realizada a base de VPO. Bloques enteros de viviendas donde son contadas las persianas levantadas o los bajos ocupados por negocios. En suma, nuestra gloriosa banca, que come pero no deja comer, y este Ayuntamiento –que, de paso, podría poner un mayor empeño en la solución del problema, sé que estamos hablando de un distrito obrero, no de Los Remedios, ustedes ya me entienden– prefieren un páramo a un nuevo vecindario completamente habitado, con sus empresas y comercios y, por ende, con su economía y empleo, amén de impuestos nacionales, regionales y locales y cartillas en los bancos, a los que también abonar intereses por hipotecas y préstamos varios. En definitiva, todos ganando, y no sólo unos cuantos.

Fíjense. Justo enfrente de este cuasi desierto se está ya urbanizando el parque industrial y comercial El Higuerón, que se sumará en año y medio al de Torneo. Allí, donde Cristo dio las tres voces y en medio de esta pertinaz crisis económica, la cadena Hilton ha abierto un hotel no pensando en el presente, sino con vistas al inmediato futuro. Eso sí es tener cabeza y no contar con los dedos.

P.D.

La parva. No es uno muy partidario de exhibiciones militares tipo jura de bandera como la organizada el día de San Fernando en la Plaza Nueva de Sevilla, pero comprendo este tipo de manifestaciones patrióticas y a quienes no se avergüenzan de besar la rojigualda, eso sí, siempre y cuando estén desvinculada de la política interesada y, por supuesto, de asociaciones llamémosles nostálgicas. Pero resulta incongruente que, al tiempo que se lanzan ataques, haya quienes se rasguen las vestiduras por sus recortes para la industria militar sevillana (avión A400M, carros de combate Pizarro). Como propiciar una demanda contra las tabaqueras y después criticar el cierre de Altadis en Sevilla, ¿se acuerdan? Una cosa y su contraria, ¿no? de Altadis en Sevilla, ¿se acuerdan? Una cosa y su contraria, ¿no?

La simiente. En una entrega de reconocimientos, distinciones y premios, los verdaderos protagonistas son quienes son reconocidos, distinguidos y premiados, y no quienes los entregan, ¿verdad? Es lo justo. Lo contrario es aprovecharse de los reconocimientos, distinciones y premios para, artificialmente, erigirse uno en la estrella y que el político lance el discurso de turno. Por eso, loable es que el popular Juan Ignacio Zoido no convirtiera el acto de las Medallas de la Ciudad en un mitin, como sí hiciera semanas atrás el presidente de la Diputación de Sevilla, el socialista Fernando Rodríguez Villalobos, durante la ceremonia de las distinciones de la provincia, que aprovechó para lanzar sus proclamas contra el Gobierno de Rajoy. Mesura, por Dios, que quienes las reciben representan a toda la sociedad, y no tan sólo a una parte ideológica.

La parva. Justo a los pies de la Torre del Oro, que el Ayuntamiento pretende que la Unesco incluya entre los monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad, sigue aún en pie una estructura de hierro oxidado que en su día sirviera para albergar una terraza de verano sobre las aguas de la dársena del Guadalquivir, al lado de donde amarran las embarcaciones que realizan el paseo turístico por el río. El engendro queda precioso, oye, digno de ser incorporado al dossier que se presente a la Unesco para arrancar ese reconocimiento mundial que se sume a los del Alcázar, la Catedral y el Archivo de Indias. Por no advertir del peligro que entraña para los menores despistados –¿ya nadie se acuerda de la tragedia de hace una década, con la muerte de un pequeño atrapado bajo un pantalán?–. Urge, pues, aclarar de quién depende la retirada, y que ésta sea inmediata.

No es uno muy partidario de exhibiciones militares tipo jura de bandera como la organizada el día de San Fernando en la Plaza Nueva de Sevilla, pero comprendo este tipo de manifestaciones patrióticas y a quienes no se avergüenzan de besar la rojigualda, eso sí, siempre y cuando estén desvinculada de la política interesada y, por supuesto, de asociaciones llamémosles nostálgicas. Pero resulta incongruente que, al tiempo que se lanzan ataques, haya quienes se rasguen las vestiduras por sus recortes para la industria militar sevillana (avión A400M, carros de combate Pizarro). Como propiciar una demanda contra las tabaqueras y después criticar el cierre de Altadis en Sevilla, ¿se acuerdan? Una cosa y su contraria, ¿no?

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