Tragarse el orgullo político

En esta vida hay numerosas ocasiones en las que uno se tiene que tragarse el orgullo, reconocer los errores, admitir que se ha equivocado y rectificar el entuerto, con el lógico propósito de enmienda. En suma, humildad. Es mejor ir de frente, ser sincero, y este simple gesto la gente lo agradece, ¿verdad? Ahí queda el dicho: se coge antes al mentiroso que al cojo, aunque en este país la rapidez es tela de lenta, sobre todo cuando media la Justicia. Nada de lo escrito hasta ahora va con los políticos. No sólo pecan de engreídos, sino que, como niños, se buscan las justificaciones más inverosímiles para explicar sus trastadas, enredándolas y culpando a otros, cuando una madre prefiere la franqueza y un noble perdóname, porfi, antes que regañar, castigar y lamentar: miren qué desgracia, este hijo mío es un Pinocho.

Que quede claro. Me estoy refiriendo a travesuras, y no a escándalos de la magnitud de los ERE, ni al caso Mercasevilla, ni a la investigación judicial abierta en la Fundación DeSevilla, donde no estamos ya hablando de chiquilladas, sino de presuntos fraudes y corruptelas, que son palabras mayores, cuyos significados, a tenor de lo que vamos conociendo gracias a la prensa, me avergüenzan como deberían avergonzar, si es que conservan la vergüenza, a quienes supuestamente los cometieron y, también, por supuesto, a quienes, por activa o por pasiva, los consintieron. De entrada realizo esta puntualización porque los señores que gobiernan en el Ayuntamiento hispalense se las cogen, oye, con papel de fumar y te mandan a escribir de las otras cosas y de lo suyo no, como si se pudieran comparar. Quédense tranquilos, las otras, sí, son más graves, muchísimo más graves, pero eso no quita para cuestionar las diabluras que emanan desde su propia casa.

Para que se queden sus concejales más serenos, empezaré por la casa ajena, la de los socialistas, para denunciar la bochornosa ruindad de la subida salarial de Manuel Gracia y de los miembros de la mesa que preside en el Parlamento andaluz, subida, todo hay que decirlo, pactada, en connivencia y secretismo, con diputados del PP y de IU. Ya saben, un tú por mí, yo por ti, dinerito para ambos y que no se entere nadie, y este don nadie es el ciudadano que sufre los recortes que ellos mismos, quiénes, los políticos, aprueban, y los estragos en el empleo y en el sueldo de esta larguísima crisis económica. Derecha e izquierda unidas para embolsarse los cuartos –para lo realmente importante para nosotros, los curritos, escasean los pactos–. Qué bonito, sus señorías, qué bonito, qué ejemplo para todos…

Tiene gracia, y nunca mejor dicho, que sea Gracia el que haya convocado un cónclave para, después de haber sido pillado in fraganti, estudiar –qué devaluado está este verbo en la boca de los políticos, es un sí, sí, vale, vale, lavémonos la cara y después ya veremos– medidas de transparencia en el seno de la Cámara regional. Anda ya… Si no hubiera sido por la prensa, aquí los amigos parlamentarios no sólo no hubieran devuelto el dinero, sino que seguirían cobrándolo para después alabar, mi querido señor Gracia, qué bien lo hace la Junta de Andalucía al asistir a los escolares que no pueden comer tres veces al día.

Continúo por ahí, con el decreto de exclusión social (básicamente, evitar la malnutrición de los alumnos cuyos padres sufren penuria económica, malnutrición de la que, por cierto, han advertido los pediatras en un reciente congreso en Sevilla–. El espaldarazo de Europa es un guantazo en la cara –y de los grandes– a esos peperos que se creían inteligentes y hasta graciosillos diciendo esto parece Etiopía, y de contertulios que comparaban la iniciativa con las cartillas de racionamiento de la dictadura franquista. Estos últimos lo hacen, lógicamente, desde su entonces posición de vencedores y ahora desde un estatus clasista que les impide apreciar el sufrimiento de aquéllos que, vencidos por el dictador y unos caciques, trabajaban de sol a sol por un pedazo de pan –sé de lo que hablo–, al tiempo que se niegan a reconocer que haya hoy, en barrios que ni conocen familias, que no tienen siquiera para comer. ¿Demagogia? No, señoritos míos, no. ¿Para qué se creen que sirven los convenios con Cruz Roja, el Banco de Alimentos o Cáritas? ¿Para hacerse la foto política a conveniencia?

La travesura de Juan Ignacio Zoido con los sobresueldos del PP-A, que él denomina “gastos de representación” y a la que yo ni llamo escándalo ni se me saltan las venas del cuello al denunciarlos, radica primero en habérselos embolsado cuando proclamaba austeridad a rajatabla y mucho presumía de ella; segundo, en aceptarlos cuando se vanagloriaba de cobrar menos en política que es su actividad profesional (es juez); y tercero, en ocultarlo al Pleno municipal y a los sevillanos en general, que no sabíamos que tenía dos pagadores –el Parlamento y el PP–, mientras que apuntaba con dedo acusador a los demás partidos con su sentencia: aquí, luz y taquígrafos.

No se discute la legalidad o no legalidad de los pagos, ni siquiera su necesidad –la percepción sería hasta lógica por los servicios realizados para el partido– ni que Juan Ignacio Zoido haya o no declarado todas sus retribuciones a Hacienda, como se presupone y cabe dar por supuesto. Se cuestiona, sin embargo, que no reconozca que complementó su menor salario como político con aquellos pagos del PP –más que gastos de representación parecen un sueldo fijo– y que no informara públicamente de que era remunerado por partida doble, adentrándose peligrosamente en las medias verdades de sus datos, que darán de sí…

P.D.

La parva. En la reunión entre el ministro Arias Cañete, el alcalde de Sevilla, los regantes andaluces y la patronal agraria Asaja para abordar el proyecto del dragado del río, hubo un acuerdo expreso: no hacer comunicado de prensa conjunto, puesto que, al fin y al cabo, poco había que comunicar y mucho aún que trabajar. Cuán sorpresa del campo cuando, ya mediada la tarde, el Consistorio lanzó su nota contando su versión que, según la contraparte, era, por decirlo políticamente, difuso respecto a lo que Cañete había dicho. El malestar con el regidor es mayúsculo entre los agrarios de la provincia. No vean en Asaja…

La simiente. Bienvenida sea cualquier propuesta industrial para reactivar los astilleros de Sevilla. Es más, que vengan en masa. Pero me escama, y mucho, que tenga que aparecer una compañía naval foránea dispuesta a invertir para que las empresas andaluzas se animen por fin a hacer algo. Tanto hablar de que sí, la factoría tiene futuro y aquí, en Sevilla, hay una industria deseosa y ¿potente?, y al final se duermen y van a remolque de las iniciativas que proceden de fuera, para después quejarse de que no les dejan participar. Ni pensar quiero que esperasen a ver cómo podían reactivar la factoría de la mano de las administraciones públicas (subvenciones)… Pero lo dicho, alfombra para quienes quieran realmente hacer empresa y hacer economía.

La paja. Desde aquí vaya un respeto gigantesco por los concejales del PP que ayer sufrieron una vergonzosa agresión verbal por parte de trabajadores de Mercasevilla durante y después del Pleno local donde se aprobó un nuevo ERE para la lonja. Jamás de los jamases se deberían aceptar ni tolerar insultos como los que se pudieron escuchar. Un espectáculo lamentable que debería hacer reflexionar –y mucho– a los sindicatos sobre los energúmenos que llevan a las manifestaciones y otras muestras públicas de malestar, pues cuatro de ellos, arropados por los demás, pueden echar por tierra cualquier reivindicación por justa que sea y generarse la antipatía ciudadana, como ha sido el caso. No aprendieron de Lipasam. Hoy soy yo cualquiera de esos concejales a los que ayer se insultó.

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